el sueño
Otra vez la misma catedral, la misma plaza, el mismo puente y la misma historia. Ya es la cuarta vez que me despierto de este sueño. Estoy frente a una catedral que no había visto en mi vida, pero de la que podría dar hasta el más mínimo detalle. Me conozco todas y cada una de las gárgolas, las vidrieras, los mosaicos, la misma pareja sentada en las escaleras, pero no recuerdo haberla visitado fuera del sueño. Me giro y redescubro que estoy en una pequeña plaza con grandes arcadas abierta hacia un río. Hay un puente y sobre él está Paula, una compañera de trabajo a la que no le he dirigido la palabra nada más que para darle los buenos días al pasar por delante de su mesa cada mañana. Me mira y me da la espalda. Es la única persona que conozco por allí, así que voy hacia ella. En ese momento parece desaparecer todo lo que hay a mi alrededor y sólo puedo ver a Paula que vuelve a girarse hacia mí y me guiña un ojo. Llego a su altura, me abraza y nos fundimos en un largo beso. Ahí, en ese mismo instante que desearía que durara eternamente, es cuando suena el despertador y me despierta de este maravilloso sueño.
No entiendo nada. ¿Qué significan estos sueños? ¿Cómo es que conozco tantos detalles de la catedral, la plaza y los alrededores sin haber estado allí nunca? Jamás había soñado con tanto lujo de detalles. ¿Y el beso con Paula? De hoy no pasa que hable con ella y le explique lo que me está sucediendo. Pensará que estoy loco, pero me da igual, quiero saber qué me está pasando.
Una hora más tarde y ya en el trabajo, cuando llego a su mesa, me paro frente a ella y le doy los buenos días. Paula levanta la cabeza y me corresponde el saludo sonriendo como cada mañana.
– Tengo que decirte algo.
– Tú dirás – Me responde mirándome fijamente a los ojos.
No puedo mantener su dulce mirada, levanto mi cabeza y… ¡Qué! Detrás suyo, pegada con chinchetas sobre el corcho del fondo, descubro que hay una postal en la que no me había fijado antes con la catedral que aparece en mis sueños. Con sus gárgolas, las vidrieras, los mosaicos, la pareja sentada en las escaleras, la plaza y sus grandes arcadas, el puente… Pero sobre el puente no está ella.
– ¿Cuánto tiempo lleva allí esta postal?
Paula se gira para ver a qué postal me estaba refiriendo, vuelve a buscarme los ojos y me responde:
– ¿Esta? Desde la semana pasada. Me la ha mandado mi novio que ha ido a pasar allí unos días por cuestiones de trabajo.
– ¡Ah! – Mi cerebro busca una escapatoria a este bochorno y continuo – Es que he estado allí hace poco y me trae buenos recuerdos.
No le he mentido, pero me siento fatal y, como no sé qué más decirle, me despido amablemente y me voy. Nunca más me he atrevido a intercambiar con ella nada más que los tradicionales buenos días y, eso sí, el sueño no se ha vuelto a repetir.











UyS!!!! Por los pelos!