café de los de verdad
Nunca he sido cafetero. De hecho, si empecé a tomarlo fue más por necesidad que por gusto. Bueno, supongo que esto les ha pasado a los estudiantes en general y a los consultores en concreto. Y como he pasado muchos años en los dos gremios he tomado muuucho café. La cuestión es que, como dice el sabio refranero popular, “tanto va el cántaro a la fuente, que al final se aprende el camino” (o algo sí…), así que, desde hace ya bastantes años, he aprendido a apreciarlo y todo. De hecho, el café con leche matutino no me lo quita nadie. Los que me conocen saben que nunca he sido un sibarita y, por el contrario, si hay algo que me caracteriza es lo vago que soy, así que, como podéis imaginar, el café que tomo en casa es, por supuesto, soluble. Pero últimamente me está pasando algo curioso en casa que me está empezando a preocupar… Resulta que de vez en cuando me viene un intenso olor a café de los de verdad (vamos… de los que hace mi mamá) que despierta en mí un mono al que no estoy acostumbrado. ¿Me habré convertido en un adicto? Lo peor de todo es que, aunque tengo una pequeña cafetera de esas que hacen café para dos tazas, no tengo café. Así que en esos momentos de subidón no sé si bajar a por un café en el bar de la esquina, suplicar puerta por puerta en mi escalera para que me den un café o apuntarme a un grupo de Cafeinómanos Anónimos… Estoy desesperado…










